Martes, 13 de Mayo de 2008 21:49
Para el director Cristi Puiu hubiera sido relativamente fácil juzgar rápidamente al matrimonio, transformarlos en personajes desalmados dentro de un contexto melodramático que denuncia una sociedad inhumana. ¡Y para el espectador esta solución sería más cómoda todavía! Pero la película no se limita a denunciar un problema social; no utiliza juicios fáciles y le pide al espectador que tampoco él sea cómodo: no debe darse prisa en catalogar, sino prestar atención a los indicios de vida moral que transmiten los personajes. El marido y la esposa son seres morales vivos; mediocres, pero vivos. Es obvio que su intención es tener la conciencia limpia con respecto al señor Lazarescu; quieren convencerse a sí mismos de su generosidad y de que son buenas personas, que tratan con cariño a los demás (la vecina llena la nevera vacía del enfermo con comida preparada por ella y hasta empieza a arreglar superficialmente el piso). A pesar de que su tranquilidad de conciencia es fácilmente satisfechas, ellos existen, están vivos: en sus mentes mezquinas y rudimentarias pasan todo tipo de cosas. La cámara irritada (sostenida por el hombro) de Puiu y su entera “puesta en escena” del tipo cine-vérité nos enseña a prestar atención a este tipo de cosas, a leer escrupulosamente a las personas. El arte de Puiu intenta transformarnos en mejores espectadores de lo real.
Decir que La Muerte del señor Lazarescu es una denuncia de la sociedad inhumana o de un sistema sanitario inadecuado es una afirmación melodramática y poco exacta. La película investiga honesta y profundamente, a nivel de cada personaje, un tema social con raíz universal, y diagnostica una falta global y eterna de amor hacia los demás. El sistema sanitario rumano no es inadecuado solo porque es rudimentario y hostil, sino justamente por ser un sistema; es decir, un dispositivo hecho para reparar los miembros de la sociedad cuando están defectuosos y eliminarles cuando ya no puedan ser reparados. El sistema no es capaz de ofrecer cariño, sino solo de cuidar profesionalmente – impersonalmente – sin tener relación alguna con las vidas oscuras que llegan en sus manos. Un sistema como el rumano, descuidado y poco amable, ofrece al artista un marco ideal para investigar una falta que no es solamente rumana.
Cojamos una escena de otra película rumana, 4 meses, 3 semanas y 2 días (dirección: Cristian Mungiu, 2007). La protagonista, una estudiante de la Rumania del 1987 (Anamaria Marinca), se encuentra por primera vez en casa de su novio, en una cena de aniversario. Acaba de pasar por una pesadilla: en un hotel donde acompaña a su amiga a abortar (una intervención ilegal en la Rumania de Ceausescu), el que realiza la operación obliga a las dos a acostarse con él. Ahora está sentada en la mesa, bajo la mirada fija de la cámara, entre su novio, sus padres y los amigos de sus padres, agobiada por la conversación banal. Ellos conversan sobre la relación entre padres e hijos, o intercambian recetas culinarias, cosas que a los rumanos de esa época les ayudan a creer que tienen vidas normales y que viven en un país normal.
Ella casi no habla; sin embargo, el espectador, convertido por la película en un receptor ultrasensible de la conciencia de la protagonista, siente exactamente lo que ella siente: claustrofobia física y moral. El piso de su novio es un claustro; su mundo entero es un claustro. Pero, tal como la Muerte del señor Lazarescu no solo denuncia el sistema sanitario rumano, 4 meses, 3 semanas y 2 dias no solo denuncia el régimen comunista. Cuando finalmente están solos, el novio intenta tocarla, y la protagonista le reprocha un momento de descuido del pasado en el que ella podía haberse quedado embarazada. Él le asegura que si fuera el caso, no dudaría en casarse con ella. La respuesta es dura y ella le asegura que no quiere vivir su vida cocinando para él. Cualquier espectador, sea de la nacionalidad que sea, tiene la sensación conmovedora de haberlo vivido antes: es una escena mítica, de la memoria de la especie. El extraordinario rigor de la investigación del problema hace que la película vaya más allá del requisitorio anticomunista y del debate pro o contra el aborto.
La fuerza de las grandes películas rumanas de los últimos años – La Muerte del Señor Lazarescu; 4 meses, 3 semanas y 2 días, o 12:08 al Este de Bucarest (dirección: Corneliu Porumboiu, 2006) – reside en la mezcla de un método riguroso de captación de la verdad sobre la película y la convicción de que su verdad rumana debería haber sido contada desde hace mucho tiempo. La intransigencia y profundidad con la cual se persigue la verdad hacen que se revele asimismo su universalidad.
Andrei Gorzo
Crítico de Cine Rumano
El PP se ha avanzado a la postura contradictoria del Gobierno y del Ministro de Trabajo e Inmigración, Celestino Corbacho, al registrar en el Congreso un proyecto de reforma de la ley de extranjería. La actual, modificada en 2003, debería haber sido modificada en 2006 para adaptarla a directivas comunitarias, si bien entonces el Gobierno desistió de hacerlo para evitar que el PP lo aprovechara para agitarlo electoralmente en un momento de fuerte crecimiento de la población extranjera.
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